Eran las 4.30 de la madrugada y mis amigas me invitaron a volver con Juan. Estaba frío y no encontrábamos un remis.
El peugeot 207 arrancó con mucha velocidad y la música fuertísima. Rozamos la banquina pero fue sólo un sacudón.
Decidieron dar unas vueltas por la ruta. De repente, tomamos camino al cementerio que es un sendero enarenado con poco tránsito. Sin embargo al girar, no pudimos esquivar la curva y con la polvareda, la visibilidad se enturbió. Entre risas y gritos sacados sentí un impacto, un fuerte sacudón y un silencio mortal.
Empecé a llamar a los chicos y no respondían. Sentía a Ana encima mío con un peso muerto. Empecé a gritar aterrada. Imposible abrir la puerta y ver en la noche cerrada. - Ana, contestame.
- Juan
- Cora
Desesperante. Era la única lúcida ahí dentro, en medio de la noche, entre un bollo de personas, trabados, dados vueltas.
Grité mucho, lloré, pedí ayuda y recé como nunca esperando un milagro.
No sé si pasaron 5’, 10’ o un siglo.
De repente, cuando iba amaneciendo sentí la sirena de los bomberos que se acercaba.
Nos sacaron. Y allí estaban los padres, los hermanos, la familia, los amigos. Sufrimos traumatismos varios, golpes, quebraduras, pero Ana hasta ahora no despertó.
La trasladaron a terapia y allí está sin reaccionar.
El abrazo de mi padre lo sentí como nunca, tan fuerte, tan intenso, tan desesperado.
No puedo sacarme la imagen del accidente de la cabeza. Tengo miedo por ella.
En un instante, una desgracia.
No me dejan mover, me dan medicación para calmarme y no sé si me dicen la verdad sobre mi amiga.
Siento pánico.
No tengo muy en claro cómo fue. Sí la sensación que había corrido mucho alchool.
viernes, 28 de mayo de 2010
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